Hace unos días escuché nuevamente una frase que seguramente muchas personas también han oído: “las juventudes ya no se interesan por la política”. Mientras la escuchaba, no pude evitar preguntarme si realmente es así o si, simplemente, seguimos buscando la participación de las personas jóvenes en los mismos espacios de siempre.
¿Cuántas veces hemos escuchado que las juventudes ya no se interesan por la política? Es una frase que se ha repetido tanto que pareciera haberse convertido en una verdad absoluta. Sin embargo, basta con observar un poco más para darnos cuenta de que la realidad es muy distinta.
Las personas jóvenes sí participan. Lo hacen cuando organizan una colecta para ayudar a su comunidad, cuando salen a defender el medio ambiente, cuando alzan la voz frente a una injusticia, cuando impulsan iniciativas en favor de los derechos humanos o cuando utilizan las redes sociales para informar, debatir y generar conciencia. Tal vez no participan de la misma manera que lo hacían generaciones anteriores, pero eso no significa que permanezcan indiferentes.
Quizá el verdadero problema es que seguimos intentando medir su participación con parámetros que ya no responden a la realidad. Durante mucho tiempo se pensó que involucrarse en los asuntos públicos era únicamente acudir a votar o formar parte de un partido político. Hoy sabemos que la ciudadanía se ejerce todos los días y desde muchos espacios.
Es cierto que existe un desencanto entre muchas juventudes. Algunas sienten que sus opiniones no son tomadas en cuenta, que las decisiones importantes se toman lejos de ellas o que las instituciones hablan de las personas jóvenes, pero pocas veces con ellas. Ese sentimiento no debe interpretarse como apatía; más bien representa un llamado para construir espacios donde realmente puedan ser escuchadas.
He tenido la oportunidad de coincidir con muchas personas jóvenes que participan desde distintos espacios y todas tienen algo en común: quieren ser escuchadas. No buscan que alguien piense por ellas, sino que existan oportunidades reales para aportar, proponer y transformar aquello que les preocupa.
A veces olvidamos que las juventudes han estado presentes en algunos de los cambios sociales más importantes de la historia. Han impulsado movimientos en defensa de los derechos humanos, la igualdad, el medio ambiente, la inclusión y muchas otras causas que hoy forman parte de la conversación pública. Su participación no siempre se expresa desde una boleta electoral o una afiliación política; muchas veces comienza con una idea, una publicación en redes sociales, una organización estudiantil o una acción comunitaria que inspira a otras personas.
La democracia necesita de las juventudes, pero también necesita comprenderlas. No basta con invitarles a participar únicamente cuando hay elecciones. Es indispensable abrir canales permanentes de diálogo, reconocer sus aportaciones y entender que la diversidad de ideas fortalece nuestra vida democrática.
También es importante dejar de ver a las juventudes únicamente como el futuro del país. Son el presente. Hoy están impulsando cambios, cuestionando prácticas que parecían normales y proponiendo nuevas formas de construir comunidad. Ignorar esas voces sería desperdiciar una enorme oportunidad para fortalecer nuestra democracia.
La participación ciudadana evoluciona con cada generación. Cambian las herramientas, cambian los espacios y cambian las formas de expresar las ideas, pero permanece el mismo objetivo: construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática.
Como sociedad, vale la pena dejar de preguntarnos por qué las juventudes no participan y empezar a cuestionarnos si realmente les estamos abriendo espacios para hacerlo. Escuchar sus voces, reconocer sus propuestas y confiar en su capacidad de transformar su entorno no es una concesión, es una necesidad para cualquier democracia que aspire a fortalecerse.
Estoy convencido de que cuando una persona joven descubre que su voz tiene valor y que puede incidir en lo que ocurre a su alrededor, deja de ser una simple espectadora para convertirse en protagonista del cambio. Ahí es donde la democracia cobra verdadero sentido: cuando todas las personas, sin importar su edad, encuentran un espacio para participar, ser escuchadas y construir, en conjunto, el país que desean.