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Jueves · 6 agosto 2026 · 20:01
Nota

La generación que no puede quedarse mirando: el primer paso

Vivimos en una época en la que nunca había sido tan fácil opinar. Todos los días, desde nuestro celular, podemos señalar lo que está mal en nuestro país, en nuestro estado o en nuestra ciudad. Criticamos a los gobiernos, a los partidos políticos, a las instituciones y, muchas veces, con razón. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿qué estamos haciendo nosotros para cambiar aquello que tanto criticamos?

Durante mucho tiempo hemos confundido la participación ciudadana con votar cada tres o seis años. Pensamos que la democracia termina cuando se cierra la casilla, cuando en realidad es ahí donde apenas comienza. Una sociedad democrática necesita ciudadanos presentes, informados y dispuestos a involucrarse, no solamente espectadores que observan desde la comodidad.

He escuchado muchas veces que “la política no sirve” o que “todos son iguales”. Es una frase que se ha vuelto común, pero también peligrosa. Porque cuando dejamos de creer que podemos incidir en lo público, otros deciden por nosotros. La indiferencia también tiene consecuencias. Mi camino me ha permitido conocer distintos espacios de participación. Algunos desde la universidad, la iglesia, otros desde proyectos de liderazgo, otros desde el servicio público e incluso donde menos pensaba, desde el arte. Aunque parecieran mundos completamente diferentes, todos me han dejado la misma enseñanza: el cambio siempre comienza cuando alguien decide dar un paso al frente.

Participar no significa aspirar a un cargo público. También participa quien organiza una colecta para su colonia, quien propone una solución en su escuela, quien levanta la voz por una causa justa o quien dedica tiempo a servir a los demás. La política, en su sentido más noble, no empieza en un partido; empieza cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros y comenzamos a preocuparnos por el bien común, haciendo de las cosas ordinarias algo extraordinario.

Vivimos tiempos en los que abundan los diagnósticos y escasean las personas dispuestas a actuar. Estoy convencida de que Chihuahua necesita personas preparadas, críticas, con valores y dispuestas a construir, no únicamente a confrontar. Necesitamos entender que la política no es sinónimo de corrupción; que el servicio público puede ser una vocación honorable; que el liderazgo consiste en servir antes que en figurar; y que el arte, deporte, la cultura y la participación ciudadana también son formas de transformar una comunidad.

Este espacio nace con esa convicción. No pretendo convencer a nadie de pensar como yo. Mucho menos ofrecer respuestas absolutas. Lo que sí quiero es abrir conversaciones sobre los temas que afectan a nuestra sociedad como una herramienta para construir el bien común.

Creo profundamente que las mejores sociedades no se edifican únicamente desde los gobiernos. Se construyen cuando los ciudadanos deciden involucrarse, cuando entienden que el futuro no depende solamente de quienes ocupan un cargo público, la democracia no se fortalece cuando todos pensamos igual; se fortalece cuando más personas deciden participar.

Si estas líneas logran que una persona decida asistir a una reunión vecinal, levantar la mano para representar a sus compañeros, involucrarse en una causa social o simplemente mirar con mayor interés lo que ocurre en su comunidad, entonces esta columna habrá cumplido su propósito.

Porque el cambio nunca comienza con una multitud. Siempre comienza con alguien que decide dar el primer paso al frente.

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