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Jueves · 6 agosto 2026 · 19:10
Nota

El orgullo de ser chihuahuense

¿Qué significa realmente ser chihuahuense?

Con frecuencia hablamos de nuestro estado con orgullo. Presumimos la grandeza de la Sierra Tarahumara, la inmensidad del desierto, la historia de la Revolución, la fuerza de nuestra industria, la calidad de nuestra ganadería o el carácter de nuestra gente. Todo eso forma parte de nuestra identidad y merece ser reconocido. Sin embargo, creo que el verdadero orgullo de pertenecer a Chihuahua va mucho más allá de la geografía o de la historia.

Ser chihuahuense también implica una forma de enfrentar la vida.

Vivimos en un estado que ha aprendido a crecer en medio de las dificultades. Un territorio donde el clima extremo nos recuerda todos los días que las cosas valiosas requieren esfuerzo. Quizá por eso nuestra gente suele distinguirse por su capacidad de trabajo, por su perseverancia y por esa costumbre de resolver problemas sin esperar que alguien más venga a solucionarlos.

Pero el orgullo también conlleva una responsabilidad.

No basta con sentirnos orgullosos de Chihuahua durante las fiestas patrias o cuando alguien de nuestro estado destaca a nivel nacional. El verdadero orgullo se demuestra en la manera en que cuidamos nuestros espacios públicos, respetamos nuestras leyes, apoyamos a nuestros emprendedores, consumimos lo local, promovemos nuestra cultura y participamos en la construcción de una comunidad más fuerte.

En ocasiones escuchamos que los jóvenes buscan oportunidades fuera del estado. Y es comprensible. Todos aspiramos a crecer y a encontrar nuevos horizontes. Sin embargo, también vale la pena preguntarnos cuántos estamos dispuestos a generar esas oportunidades aquí. Chihuahua necesita talento que se prepare para el mundo, pero que también conserve el deseo de regresar, aportar y transformar su tierra.

El orgullo no consiste únicamente en decir de dónde venimos; consiste en demostrar, con nuestras acciones, el compromiso que tenemos con el lugar que nos ha formado.

He tenido la oportunidad de participar en distintos espacios de liderazgo, servicio público y proyectos culturales. En cada uno de ellos he confirmado que Chihuahua está lleno de personas extraordinarias: maestras que transforman vidas desde un salón de clases, artistas que cuentan nuestras historias, emprendedores que generan empleo, jóvenes que levantan la voz por sus comunidades y servidores públicos que trabajan con verdadera vocación. Ellos representan el rostro de un

estado que sigue avanzando gracias al esfuerzo cotidiano de miles de personas que pocas veces aparecen en los titulares.

Quizá el mayor reto de nuestra generación no sea presumir a Chihuahua, sino construir el Chihuahua que queremos heredar.

Un estado donde los jóvenes encuentren oportunidades, donde las mujeres vivan seguras, donde la cultura tenga un lugar importante, donde el diálogo prevalezca sobre la confrontación y donde el servicio a los demás sea motivo de orgullo.

Quizá una buena manera de recuperar ese orgullo sea convertirlo en una práctica cotidiana: que cada uno elija una causa, una comunidad o un proyecto al que pueda aportar y se comprometa a hacerlo de manera constante. Si queremos un Chihuahua con más oportunidades, más seguro, más unido y con mayor participación de sus ciudadanos, tenemos que empezar a construirlo desde donde estamos. Al final, ser chihuahuense no debería ser solamente una identidad que heredamos, sino un compromiso que elegimos todos los días: dejar nuestra tierra un poco mejor de como la encontramos.

Porque al final, el amor por nuestra tierra no se demuestra únicamente con palabras. Se demuestra con la decisión diaria de hacerla un poco mejor.

Nos leemos la próxima semana. Siempre vale la pena construir

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