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Martes · 6 octubre 2026 · 18:31
Nota

La Independencia que aún nos toca defender

Cada septiembre, México se llena de banderas, música, luces y celebraciones. Recordamos a quienes, hace más de dos siglos, tuvieron el valor de levantarse para defender una idea que hoy nos parece tan propia que a veces olvidamos lo extraordinaria que fue: México debía decidir su propio destino.

La Independencia de 1810 no fue solamente una lucha por dejar de pertenecer a una corona. Fue una lucha por la posibilidad de que los mexicanos pudiéramos construir nuestro propio camino. Por eso, cuando celebramos el 16 de septiembre, no deberíamos recordar únicamente una fecha histórica; deberíamos recordar el enorme valor que tiene la libertad y la responsabilidad que implica conservarla.

Porque México es independiente, sí. Pero la independencia no es algo que se conquista una sola vez. También se defiende todos los días.

Se defiende cuando podemos expresar nuestras ideas sin miedo a ser perseguidos o censurados. Cuando podemos disentir de quien gobierna sin ser considerados enemigos. Cuando existen instituciones capaces de poner límites al poder. Cuando los ciudadanos pueden organizarse, participar y exigir cuentas. Cuando las elecciones son libres y nuestra voz puede convertirse en una decisión.

La independencia también vive en nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos. Y quizá ahí está uno de los mayores retos de nuestro tiempo.

Las sociedades no pierden sus libertades de un día para otro. El autoritarismo rara vez llega anunciándose como tal. Muchas veces comienza cuando normalizamos que el poder no tenga límites, cuando justificamos los abusos porque los comete “nuestro lado”, cuando dejamos de cuestionar a nuestros gobernantes o cuando permitimos que la política convierta a ciudadanos en enemigos.

Por eso, proteger nuestra independencia también significa proteger nuestra democracia. No importa de qué partido seamos. No importa qué candidato apoyemos. Ningún proyecto político debería estar por encima de las instituciones, de la libertad o de la dignidad de los ciudadanos.

Y esto es especialmente importante en una época en la que la política puede convertirse fácilmente en una lucha de narrativas. Cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a repetir consignas; cuando dejamos de escuchar al que piensa diferente y empezamos a descalificarlo; cuando creemos que quien gana una elección recibe también un permiso para hacer cualquier cosa, dejamos de entender lo que realmente significa vivir en democracia.

La democracia no consiste únicamente en votar cada cierto número de años.

Consiste también en vigilar al poder, participar, informarnos, cuestionar, organizarnos y defender las reglas que nos permiten convivir en libertad.

Y aquí es donde la independencia deja de ser solamente una historia que ocurrió en 1810 y se convierte en una responsabilidad de nuestra generación.

¿Qué estamos haciendo nosotros para conservarla?

Porque es muy sencillo exigir libertad cuando sentimos que alguien nos la está quitando. Lo verdaderamente difícil es cuidarla cuando somos nosotros quienes tenemos que ejercerla responsablemente.

Ser independientes también significa no permitir que otros piensen por nosotros. Significa tener criterio propio. Significa poder reconocer los aciertos de un gobierno sin convertirnos en sus seguidores incondicionales y señalar sus errores sin convertirnos automáticamente en enemigos.

Significa entender que México es mucho más grande que cualquier partido político, que cualquier gobierno y que cualquier persona que ocupe temporalmente un cargo público. Esta reflexión también debería alcanzar a quienes participamos en política.

Nuestros antepasados lucharon para que México pudiera decidir su propio destino. A nosotros nos corresponde asegurarnos de que nadie vuelva a decidirlo por nosotros.

Quizá esa sea una de las formas más auténticas de honrar a quienes hicieron posible la Independencia: entender que la libertad que recibimos no es un patrimonio que podamos dar por sentado.

La independencia de México no terminó en 1821. Continúa cada vez que un ciudadano levanta la voz, cada vez que alguien se atreve a pensar diferente, cada vez que una institución cumple con su deber, cada vez que un joven decide participar en lugar de permanecer indiferente, cada vez que un mexicano defiende la verdad aunque sea incómoda, y cada vez que, frente al poder, recordamos que el poder debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio del poder.

Este septiembre no quiero celebrar solamente la independencia que México conquistó hace más de doscientos años. Quiero recordar la que todavía tenemos que cuidar.

Porque México será verdaderamente independiente mientras sus ciudadanos sigamos teniendo la libertad, el valor y la responsabilidad de decidir qué país queremos construir.

La Independencia nos fue heredada. La libertad nos toca defenderla. Nos leemos la próxima semana. Siempre vale la pena construir

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