En cada proceso electoral escuchamos decir que México vive en una democracia. Se nos dice que el pueblo tiene la capacidad de elegir a quienes lo representan y que, mediante el voto, la ciudadanía decide quién alzará la voz por todas y todos. O al menos esa es la idea, pero existe una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Esa democracia realmente es para todas las personas?
Porque la democracia no se mide solamente por la existencia de elecciones libres. También se mide por quiénes pueden participar en ellas, quiénes realmente son escuchados y quiénes siguen encontrando obstáculos para ejercer plenamente sus derechos político-electorales. Hablar de democracia en el Estado Grande sigue siendo un tema complejo. Y lo es porque hablar de una democracia verdaderamente incluyente también significa hablar de aquello que muchas veces incomoda, de esas realidades que algunos prefieren no mencionar, porque hay algo que siempre he creído:
Lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe para las instituciones o para quienes toman decisiones, difícilmente será atendido.
En Chihuahua, como en muchas otras entidades del país, todavía existen enormes retos para hablar de una democracia donde realmente todas las personas tengan las mismas oportunidades de participar, Ahí están las mujeres que deciden levantar la mano para participar en política y que siguen enfrentando violencia política en razón de género simplemente por atreverse a ocupar espacios históricamente reservados para los hombres.
Ahí están las personas con discapacidad, que todavía encuentran barreras físicas, tecnológicas y de comunicación para ejercer plenamente sus derechos.
Ahí están las juventudes, que constantemente escuchan que “todavía les falta experiencia”, como si la política tuviera una edad mínima para tener buenas ideas. El adultocentrismo también es una forma de exclusión cuando las voces jóvenes son ignoradas únicamente por su edad.
Y también estamos las personas de la diversidad sexual y de género.
Sí, hemos logrado avances importantes en el reconocimiento de nuestros derechos. Sería injusto decir que no. Pero también sería ingenuo pensar que con eso basta.
Porque todavía seguimos enfrentando discriminación, discursos de odio y cuestionamientos sobre si tenemos o no derecho a participar en los espacios donde se toman las decisiones.
Y seamos honestos: en Chihuahua hablar de diversidad sexual todavía incomoda a muchas personas. Hay quienes prefieren no tocar el tema para no incomodar a determinados sectores, como si guardar silencio fuera la solución.
Pero una democracia que decide guardar silencio frente a la discriminación deja de ser verdaderamente democrática.
Y aquí también hay que decir las cosas como son.
Los partidos políticos tienen una enorme responsabilidad en la construcción de una democracia incluyente, pero muchas veces pareciera que siguen viendo la inclusión como una obligación legal y no como una convicción democrática.
Con demasiada frecuencia vemos cómo las postulaciones de personas pertenecientes a grupos históricamente discriminados responden más al cumplimiento de las acciones afirmativas que a una verdadera intención de abrir espacios de representación.
Y en algunos casos el mensaje resulta todavía más preocupante: pareciera que es más fácil asumir una sanción económica que modificar prácticas internas o romper con la narrativa conservadora que durante años han construido algunos partidos políticos.
Eso no fortalece nuestra democracia.
La debilita.
Porque las acciones afirmativas nunca fueron creadas para llenar formatos, cumplir cuotas o salir del paso durante un proceso electoral.
Las acciones afirmativas existen porque durante décadas hubo personas que ni siquiera tenían la posibilidad de competir en igualdad de condiciones.
Y esa es precisamente la diferencia entre cumplir con la ley y creer en la democracia.
La inclusión democrática no significa regalar espacios ni otorgar privilegios.
Significa quitar todas esas barreras que durante años han impedido que muchas personas puedan participar en igualdad de condiciones.
Porque de poco sirve presumir que todas y todos somos iguales ante la ley cuando, en la realidad, todavía existen prejuicios, discriminación, violencia y desigualdades que siguen cerrando puertas.
Quizá la pregunta correcta no sea si Chihuahua tiene democracia.
La verdadera pregunta es si todas las personas vivimos esa democracia de la misma manera.
Porque mientras haya ciudadanas y ciudadanos que primero tengan que luchar contra la discriminación para después poder ejercer sus derechos, esa democracia seguirá siendo una tarea pendiente.
Nos hemos acostumbrado a creer que la democracia empieza y termina el día de la elección.
Yo creo exactamente lo contrario.
La democracia empieza cuando cualquier persona, sin importar si es mujer, joven, indígena, persona con discapacidad o parte de la diversidad sexual y de género, puede participar sin miedo, sin obstáculos y sin tener que demostrar que merece los mismos derechos que las demás personas.
Porque una democracia que necesita que una autoridad obligue a incluir, o que un tribunal recuerde que los derechos humanos deben respetarse, es una democracia que todavía tiene mucho que aprender sobre inclusión.
Y una democracia que deja fuera a una parte de su gente, simplemente no puede llamarse una democracia para todas y todos.
LA DEMOCRACIA NO SE PRESUME, LA DEMOCRACIA SE DEMUESTRA INCLUYENDO A QUIENES DURANTE AÑOS APRENDIERON A VIVIR SIENDO EXCLUIDOS