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Martes · 6 octubre 2026 · 20:17
Nota

El cargo no es trampolín: México merece políticos de altura

Hay una pregunta que deberíamos hacernos con mucha más frecuencia: ¿qué significa realmente ocupar un cargo público?

Porque en México hemos comenzado a normalizar algo que no debería ser normal: políticos que reciben el voto de la ciudadanía para gobernar, representar o legislar y que, cuando aparece una oportunidad políticamente más atractiva, dejan el puesto para perseguir el siguiente escalón de su carrera.

El problema no es que un político aspire a algo más. Aspirar es legítimo. El problema comienza cuando la responsabilidad pública se convierte en una estación de paso y el voto ciudadano parece valer menos que una candidatura futura.

Los casos recientes de Morena en Chihuahua son un ejemplo de esta discusión. Andrea Chávez solicitó licencia a su cargo en el Senado para participar en el proceso interno de Morena rumbo a la gubernatura de Chihuahua. Cruz Pérez Cuéllar, por su parte, dejó temporalmente la Presidencia Municipal de Ciudad Juárez para buscar la candidatura de Morena al gobierno estatal.

Legalmente, pueden hacerlo. Políticamente, la pregunta es otra: ¿deben hacerlo?

Porque entre lo legal y lo correcto existe, muchas veces, una enorme distancia.

Cuando una persona pide el voto para ocupar una responsabilidad pública, no está pidiendo únicamente una boleta. Está recibiendo una confianza. Detrás de cada voto hay ciudadanos que esperan resultados, soluciones, gestión y presencia.

Un alcalde no recibe el mandato para gobernar Ciudad Juárez hasta que aparezca una candidatura más conveniente. Una senadora no recibe la confianza de los chihuahuenses para utilizar el Senado como plataforma mientras espera la siguiente oportunidad electoral.

El servicio público no debería funcionar como una escalera donde cada cargo solamente sirve para llegar al siguiente.

Y este fenómeno no es exclusivo de Chihuahua.

Lo ocurrido recientemente con Rubén Rocha Moya en Sinaloa llevó esta discusión a otro nivel. Después de solicitar licencia en mayo, en medio de investigaciones relacionadas con señalamientos realizados por autoridades estadounidenses “acusaciones que el gobernador ha rechazado”, Rocha Moya regresó al cargo en agosto y, después de la controversia generada, volvió a solicitar licencia indefinida. La propia Secretaría de Gobernación señaló que su reincorporación había sido una decisión de carácter personal.

Más allá de las circunstancias particulares de cada caso, existe una lección política que no deberíamos ignorar:

Los cargos públicos no pertenecen a quienes los ocupan.

Pertenecen, simbólicamente, a la ciudadanía que deposita en ellos su confianza.

Por eso México necesita políticos de altura.

Políticos que entiendan que gobernar no es solamente aparecer en una boleta, ganar una elección y después pensar en la siguiente. Políticos capaces de terminar una responsabilidad con la misma determinación con la que la comenzaron.

Porque si cada elección se convierte en una carrera permanente por el siguiente puesto, ¿cuándo se gobierna?

¿Cuándo se legisla?

¿Cuándo se resuelven los problemas que llevaron a la ciudadanía a votar?

La política necesita ambición, sí. Pero necesita una ambición distinta: la ambición de servir, de transformar y de dejar resultados.

México no necesita políticos que vean el poder como patrimonio personal ni cargos públicos como plataformas de lanzamiento. Necesita servidores públicos que comprendan que la confianza ciudadana se honra trabajando, cumpliendo y dando la cara.

Y aquí también existe una responsabilidad ciudadana.

No basta con indignarnos cada vez que un político abandona un cargo para buscar otro. Tenemos que aprender a preguntar, a exigir cuentas y, sobre todo, a recordar quién cumplió y quién convirtió el mandato popular en una oportunidad personal.

Porque el voto no debería ser un cheque en blanco.

La próxima vez que un político nos pida confianza, preguntémosle primero qué hizo con la anterior.

México merece políticos que estén a la altura de sus cargos.

Pero, sobre todo, merece ciudadanos que estén a la altura de su voto.

El poder puede ser temporal. La responsabilidad con el pueblo no debería serlo.

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