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Martes · 6 octubre 2026 · 20:17
Nota

Una silla no es participación

Hay una frase que se repite constantemente cuando hablamos de juventud: “Los jóvenes no participan”. Se dice cuando no llenan un evento, cuando no se involucran en una organización o cuando parecen mantenerse al margen de la vida pública. Pero quizá el problema no sea que los jóvenes no quieran participar. Tal vez deberíamos preguntarnos primero: ¿cómo los estamos invitando a hacerlo?

Muchas veces hablamos de participación juvenil como si bastara con abrir un espacio y convocarlos. Creamos distintos mecanismos de participación ciudadana, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos si quienes llegan a esos espacios realmente pueden aportar, aprender y generar algún impacto.

Lo digo también desde mi propia experiencia. He tenido la oportunidad de participar en distintos mecanismos de representación y participación ciudadana. Esas experiencias me han permitido conocer personas, aprender, cuestionarme y entender mejor cómo funcionan algunos espacios públicos. Sin embargo, también he podido observar que, en ocasiones, la participación parece quedarse en la fotografía, en llenar una sala o en demostrar que se consultó a los jóvenes, sin que necesariamente sus ideas tengan una verdadera oportunidad de trascender.

No creo que esto signifique que todos los espacios sean una simulación ni que participar no valga la pena. Al contrario: creo profundamente que la participación es una de las mejores escuelas para aprender a involucrarnos en los asuntos que nos afectan. Pero precisamente por eso debemos tomarnos estos espacios en serio. Un joven no debería ser invitado únicamente para ocupar una silla, levantar la mano cuando se le indique o formar parte de la fotografía final. Debe ser visto como alguien capaz de hacer preguntas, proponer soluciones y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo.

Porque participar también es aprender. Nadie llega a la vida pública con todas las respuestas, y sería absurdo esperar que los jóvenes las tuviéramos. Pero se aprende participando: escuchando ideas distintas, entendiendo problemas complejos, equivocándose, dialogando y descubriendo que transformar una realidad requiere mucho más que una buena intención o una publicación en redes sociales.

Quizá necesitamos dejar de preguntarnos por qué los jóvenes no se acercan y comenzar a cuestionarnos qué encuentran cuando finalmente llegan. ¿Encuentran espacios donde se les escucha? ¿Personas dispuestas a orientarles y enseñarles?

¿O estructuras que ya decidieron todo antes de abrirles la puerta?

Invitar a los jóvenes a participar no debería significar simplemente pedirles que asistan. Debería significar confiar en que tienen algo que aportar, aun cuando su experiencia sea limitada; acompañarlos para que sigan formándose y permitirles asumir responsabilidades reales.

Los jóvenes no somos únicamente el futuro. Somos parte del presente y, como tal, necesitamos espacios donde nuestra participación no sea decorativa, sino formativa y significativa. Tal vez entonces descubramos que el problema nunca fue que los jóvenes no quisieran participar. Quizá el verdadero reto siempre ha sido aprender a invitarlos de una manera que les haga sentir que estar ahí realmente vale la pena.

Nos leemos la próxima semana. Siempre vale la pena construir.

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