Saltar al contenido
Martes · 6 octubre 2026 · 20:17
Nota

No basta con llegar: el reto es permanecer

Durante décadas, una parte importante de la lucha por la igualdad se concentró en abrir puertas. Puertas que durante mucho tiempo permanecieron cerradas para las mujeres, las juventudes, las personas indígenas, las personas con discapacidad, la comunidad LGBT+ y muchos otros grupos históricamente excluidos de los espacios donde se toman decisiones.

Y abrirlas ha costado.

Ha requerido movimientos sociales, reformas legales, acciones afirmativas, sentencias, organización ciudadana y, sobre todo, personas que se atrevieron a ocupar espacios en los que durante mucho tiempo se les dijo, de distintas maneras, que no pertenecían.

Hoy podemos reconocer avances importantes. Cada vez resulta menos extraño encontrar una mayor diversidad de personas participando en la vida pública, encabezando instituciones, ocupando cargos de elección popular o levantando la voz en espacios que antes parecían reservados para unos cuantos.

Pero quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta distinta:

¿Qué sucede después de llegar?

Porque ocupar una silla no significa necesariamente poder ejercer el poder desde ella en condiciones de igualdad.

Podemos celebrar que una mujer llegue a un cargo público, pero si durante su gestión continúa siendo juzgada con criterios distintos a los utilizados para sus compañeros hombres, algo sigue pendiente.

Podemos celebrar que una persona indígena alcance un espacio de representación, pero si para ser escuchada tiene que desprenderse de su identidad, de su lengua o de su comunidad, difícilmente podemos hablar de inclusión plena.

Podemos celebrar que una persona LGBT+ participe abiertamente en política, pero si su orientación sexual, identidad o expresión de género termina convirtiéndose en motivo de burla, descrédito o ataques que nada tienen que ver con su desempeño, entonces todavía existe una barrera.

Lo mismo ocurre con las juventudes cuando su edad se utiliza para minimizar sus opiniones; con las personas con discapacidad cuando los espacios institucionales continúan siendo inaccesibles; o con cualquier persona cuya presencia rompe con la imagen tradicional de quienes históricamente han ocupado el poder.

Llegar rompe una barrera; permanecer cambia la historia.

Por eso, la representación importa, pero la representación por sí sola no garantiza inclusión. Durante mucho tiempo nos concentramos, con razón, en conseguir que más personas pudieran llegar. Ahora tenemos que preguntarnos si también estamos construyendo las condiciones necesarias para que puedan participar, decidir, disentir, ejercer liderazgo y permanecer.

Porque existe una diferencia enorme entre estar presente y tener voz.

Y quizá ahí se encuentra uno de los siguientes grandes retos de nuestra democracia.

No podemos conformarnos con instituciones que se vean diversas en una fotografía si dentro de ellas continúan reproduciéndose las mismas prácticas de exclusión. Tampoco podemos reducir la inclusión al cumplimiento de una cuota o a una cifra dentro de un informe.

La representación abre la puerta, pero la inclusión determina quién puede permanecer detrás de ella.

La inclusión verdadera comienza cuando la diversidad deja de ser únicamente visible y empieza a tener capacidad real de incidencia.

Esto también implica cambiar nuestra propia manera de observar a quienes participan en la vida pública.

¿Cuántas veces evaluamos primero la apariencia de una persona antes que sus propuestas? ¿Cuántas veces una mujer recibe comentarios sobre su cuerpo o su vida personal mientras sus compañeros son cuestionados por sus decisiones? ¿Cuántas veces la orientación sexual, el origen, la edad, una discapacidad o la forma de expresarse terminan ocupando más espacio en la conversación que el trabajo realizado?

Las barreras no desaparecen automáticamente cuando alguien consigue atravesarlas.

Algunas simplemente cambian de forma.

Y por eso resulta insuficiente decir: “ya están ahí”.

La democracia no debería obligar a nadie a elegir entre participar y ser quien es. Mucho menos debería exigir a quienes históricamente estuvieron fuera demostrar todos los días que merecen ocupar el lugar que legítimamente consiguieron.

Nadie debería tener que parecerse a quienes siempre estuvieron ahí para demostrar que merece estar ahí.

La diversidad en los espacios públicos tampoco es una concesión. Las mujeres, las juventudes, las personas indígenas, las personas con discapacidad o quienes pertenecemos a la diversidad sexual no estamos ahí porque alguien decidió generosamente cedernos un espacio.

Estamos ahí porque esos espacios también nos pertenecen.

Y conviene recordarlo: los derechos que hoy ejercemos no aparecieron como un regalo. Fueron resultado de personas que exigieron ser reconocidas, incluso cuando hacerlo resultaba incómodo para quienes tenían el poder.

Porque los derechos no se mendigan ni se agradecen como favores: se reconocen, se ejercen y se defienden con dignidad.

Tal vez por eso debemos comenzar a mirar la inclusión desde otra perspectiva.

Sí, necesitamos seguir abriendo puertas. Todavía existen muchas que permanecen cerradas y muchas voces que siguen sin estar representadas. Pero también debemos mirar hacia quienes ya consiguieron cruzarlas.

Preguntarnos si pueden ejercer sus derechos plenamente. Si pueden participar sin esconder una parte de sí mismos. Si pueden equivocarse sin que su error se convierta en argumento contra todo el grupo al que pertenecen. Si pueden levantar la voz sin recibir violencia como respuesta. Si pueden aspirar a crecer sin encontrarse nuevamente con un techo que parecía haber desaparecido.

Primero luchamos para ser visibles. Después, para ser escuchados. Hoy también tenemos que luchar para poder permanecer.

Durante mucho tiempo luchamos por tener un lugar en la mesa. Hoy sabemos que sentarnos no es suficiente si nuestra voz sigue siendo ignorada, si nuestra identidad tiene que esconderse o si permanecer implica soportar aquello que nunca debió normalizarse.

No queremos espacios prestados. No queremos invitaciones temporales. Y mucho menos queremos pedir permiso para ocupar lugares que también nos pertenecen.

Porque la inclusión no se demuestra únicamente contando quiénes lograron entrar. Se demuestra cuando quienes históricamente estuvieron fuera pueden llegar, participar, decidir, equivocarse, levantar la voz y construir su propio camino sin tener que renunciar a quienes son.

Llegar rompe una barrera; permanecer cambia la historia.

Y si durante generaciones luchamos para abrir las puertas, nuestra generación tiene ahora otra responsabilidad: asegurarnos de que nunca vuelvan a cerrarse.

Porque no basta con llegar.

El verdadero reto es permanecer

Autor

Deja un comentario