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Martes · 6 octubre 2026 · 19:25
Nota

Una tierra que también crea

Cuando hablamos de cultura, muchas veces pensamos en museos, teatros, conciertos, libros, pinturas, danzas o festivales. Pensamos en aquello que parece pertenecer a un mundo distinto al de la política, la economía o los problemas cotidianos.

Pero quizá esa separación nunca ha existido realmente. El arte no es ajeno a la sociedad que lo produce. La cultura tampoco es un adorno que colocamos sobre una comunidad cuando ya hemos resuelto todo lo demás. Por el contrario, es una de las formas en las que una sociedad se explica a sí misma: aquello que recuerda, aquello que celebra, aquello que cuestiona y aquello que decide transmitir a las siguientes generaciones.

Por eso, hablar de cultura es también hablar de identidad. Y hablar de identidad, inevitablemente, es hablar de política. No porque una pintura tenga que pertenecer a un partido político, ni porque una obra de teatro tenga que convertirse en un discurso partidista. La política, entendida en su sentido más amplio, tiene que ver con la manera en que vivimos juntos, con las decisiones que tomamos como sociedad, con aquello que consideramos valioso y con la forma en que construimos nuestra vida en comunidad.

Una canción puede contar una época. Una película puede retratar una realidad que preferimos ignorar. Una novela puede conservar la memoria de un pueblo. Una obra de teatro puede cuestionar aquello que durante años hemos considerado normal. Una fotografía puede convertirse, con el tiempo, en el testimonio de una ciudad que ya no existe.

Eso también es política. Y Chihuahua tiene muchísimo que contar.

Nuestra cultura no solamente está en los grandes escenarios o en los recintos culturales. Está en las historias que se cuentan en nuestras familias, en las tradiciones de nuestros pueblos, en la música que identifica a nuestras regiones, en la arquitectura que sobrevive al paso del tiempo, en nuestros artistas, en quienes escriben, pintan, actúan, bailan, fotografían y crean.

Está también en nuestra manera particular de entender el territorio.

Chihuahua es enorme no solamente en extensión, sino en las historias que caben dentro de él. No es lo mismo la identidad de quien creció entre el desierto y la ciudad que la de quien nació en la Sierra, en una comunidad rural o en alguno de nuestros municipios fronterizos. Cada lugar tiene una memoria, una forma de hablar, de celebrar, de crear y de mirar el mundo.

Y cuando una expresión cultural desaparece, no perdemos solamente una actividad artística. Perdemos una parte de nuestra memoria colectiva. Quizá por eso me parece peligroso pensar que la cultura es un asunto secundario, algo de lo que podemos ocuparnos solamente cuando las necesidades “importantes” ya fueron atendidas.

Esta reflexión me resulta particularmente cercana porque he tenido la oportunidad de experimentar el arte desde distintos lugares. He participado en proyectos de artes plásticas y recientemente tuve la oportunidad de formar parte de Apofenia, un cortometraje que me permitió acercarme nuevamente al proceso creativo desde otra perspectiva.

Y algo que he descubierto en esas experiencias es que el arte nunca ocurre completamente aislado de la realidad. Detrás de una obra hay una persona, una historia, una época, una sensibilidad y, muchas veces, preguntas que como sociedad todavía no hemos sabido responder.

Por eso hoy me cuesta pensar en la cultura como algo meramente decorativo o complementario. El arte no solamente entretiene: también conserva, cuestiona, provoca, incomoda y, sobre todo, nos permite mirar nuestra propia realidad desde otro lugar.

Una sociedad que deja de producir cultura puede seguir funcionando, pero corre el riesgo de olvidar quién es. Y aquí aparece una discusión que considero todavía más interesante: ¿por qué seguimos creyendo que el arte debe mantenerse completamente separado de la política?

Tal vez porque hemos reducido la palabra política a partidos, elecciones y cargos públicos. Pero la política también está en las preguntas que nos hacemos como sociedad. Esto no significa que todo artista deba ser político, ni que toda obra tenga que transmitir una postura ideológica. Significa algo mucho más sencillo: ninguna expresión humana existe completamente aislada del contexto en el que nace.

También hacemos política cuando decidimos qué ciudad queremos habitar, qué memoria queremos conservar y qué futuro queremos dejar. Y en ese sentido, la cultura tiene una responsabilidad enorme: recordarnos quiénes hemos sido para ayudarnos a imaginar quiénes podemos llegar a ser.

Chihuahua no solamente necesita infraestructura, instituciones y desarrollo. También necesita historias que contar, artistas que las interpreten y espacios donde podamos reconocernos como comunidad. Porque una ciudad puede crecer en edificios, carreteras y números, pero también tiene que crecer en identidad.

Y quizá una de las mejores formas de entender una sociedad sea mirar aquello que crea. Porque el arte no solamente refleja el mundo que tenemos. A veces también es la primera señal del mundo que estamos comenzando a imaginar.

Nos leemos la próxima semana. Siempre vale la pena construir

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